Los perros ladradores

 

En este cuento, un padre envía a sus tres hijos a cumplir tareas muy precisas. Al hijo menor no le importaban un comino las tareas impuestas por el padre. Así, pues, en cada oportunidad aprendió una lengua nueva. Cuando fue enviado por primera vez aprendió la lengua de los perros ladradores, luego la de las ranas y finalmente la de los pájaros, vale decir, la lengua de las pasiones, la del inconsciente y la del espíritu.

En su peregrinación llega a un castillo y pide que se lo deje pernoctar allí. Pero el señor del castillo sólo tiene para ofrecerle la torre, advirtiéndole que allí viven perros salvajes y ladradores que ya habían devorado a más de un hombre. Sin embargo el joven no tiene miedo; él conoce la lengua de los perros ladradores. Así pues toma consigo algo de comida y se acerca con gesto benévolo a los perros salvajes: “Cuando entró, los perros no le ladraron sino que lo rodearon moviendo la cola en señal de amistad, comieron lo que él les traía sin tocarle ni un pelo. Al otro día salió de allí sano y salvo para asombro de todos, y dijo al señor del castillo: “Los perros me revelaron en su lengua por qué viven allí causando daños al país. Porque están malditos y tienen que custodiar un gran tesoro enterrado debajo de la torre. No descansarán hasta que ese tesoro sea sacado de allí. Y ellos me han contado también cómo hacerlo”.

El joven desentierra el tesoro. Los perros malditos se aquietan y amansan y abandonan el castillo. Todo el país recupera la paz.

Los perros ladradores pueden ser mis pasiones, mi furia, mis celos, mi sexualidad, mis estados depresivos, mis miedos. Ladran tan fuerte porque custodian un tesoro.
A. G.