Cuando se agotan las fuerzas

 

En cierta oportunidad pude experimentar en un sacerdote lo que le aconteció a Elías (1 Re 19, 1-13). Al cabo de diez años de servicio a los demás, de pronto este sacerdote tomó contacto con su furia por haber cumplido durante diez años sólo las expectativas de los demás y, antes, por haber cumplido siempre las expectativas de su madre. Se rebeló entonces y descargó su furia en el bosque, desahogándose a gritos y quebrando algunas ramas que encontró en su camino. Entonces sintió súbitamente una nueva alegría de vivir, una nueva alegría por su trabajo pastoral. En el fondo de su furia descubrió el tesoro de una nueva vitalidad. Su furia se transformó en fuerzas nuevas, en imaginación y creatividad, en alegría de modelar y plasmar, si se hubiese resignado a no hacer otra cosa que reprimir su furia, algún día abría sido expulsado de la casa de su vida. El sacerdote habló con esa furia como lo haría con los perros ladradores. Y ellos lo condujeron al tesoro.

O dicho con el lenguaje de la historia de Elías: el celo por Dios lo llevó a una profunda crisis. Sentía agotadas sus fuerzas. En su celo por Dios y en su servicio a los demás descubrió de pronto una furia profunda contra sí mismo y contra todos a quienes había servido. Si reprimimos por demasiado tiempo nuestro enojo o le damos una interpretación meramente piadosa, algún día, como el profeta Elías, habremos de enojarnos con todos los hombres, habremos de ponernos furiosos con Dios, que nos puso en esa situación. La furia reprimida durante tanto tiempo llevó al sacerdote al desierto, al, al desvalimiento. Sus fuerzas estaban agotadas. Pero cuando se enfrentó con ese agotamiento, descubrió junto a su cabeza el nuevo alimento del cual podía vivir, el alimento de la oración y de la meditación, el alimento que fluía de la fuente interior que había en él.
A. G.