Transformación de Pablo

 

La transformación acontece por el encuentro y por la conversación que Jesús mantiene con su perseguidor. A la pregunta de por qué lo persigue. Saulo contesta con otra pregunta: “¿Quién eres Señor?”. Saulo siente que allí entra en su vida otra persona: que él sencillamente no puede seguir viviendo como hasta entonces; que vacila su concepción de la vida sustentada hasta ese momento. La voz del cielo le contesta: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues (Hch 9, 5). Cristo le dice a quién está dirigida, en definitiva, su furia. Porque Saulo piensa que está luchando por Dios cuando en realidad está causando estragos a la causa de Dios y de Jesucristo, su Ungido. Su celo por Dios es, en realidad, furia contra Dios. Cristo le descubre sus verdaderas motivaciones e intenciones. Cristo le señala que a la larga no podrá vivir obrando en contra de su verdadero ser: “Te es duro dar coces contra el aguijón” (Hch 26,14). Todo celo puede convertirse en ceguera. Comenzamos bien, pensamos que servimos a Dios; pero en realidad nos servimos a nosotros mismos y a nuestra conveniencia. En el celo también hay siempre ambición de poder. Y en esa ambición se esconde una cuota de brutalidad, de violencia contra otros, pero también contra sí mismo, contra las intuiciones del propio corazón. Rápidamente las motivaciones puras pueden transformarse en impuras; el amor en odio; el celo en fanatismo.
Para revertir esta transformación negativa, Cristo mismo tiene que intervenir y revelarse al perseguidor. No nos toca a nosotros decidir aquí si se trató de una aparición real o si todo se desarrolló en la psiquis de Saulo. Cristo también puede presentarse al hombre desencadenando algo en su alma, derrumbando en él viejas seguridades y regalándole una nueva manera de ver las cosas.
A. G.