Conversión en proceso

 

Jesús le da a Saulo, caído en tierra, la siguiente orden: “Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9, 6). Saulo, quien hasta entonces había vivido y obrado según su propia voluntad, se ve confrontado ahora con otra voluntad, la voluntad de Dios. Y al sentir su impotencia, se declara dispuesto a obedecer a esa voluntad. Sin embargo la transformación necesita su tiempo. Cuando Saulo se incorpora, se da cuenta de que ha quedado ciego. Su vida, tal cual él la había concebido, se ha oscurecido. No entiende; está totalmente desconcertado. La consecuencia de su estrecha visión de las cosas es el absoluto oscurecimiento hasta llegar a la ceguera. Queda ciego por tres días. Tiene que dejarse guiar por otro. Y Saulo ayuna. Se retira por completo hacia su interior. Todo lo exterior se le ha hecho oscuro e incomprensible. Dios lo obliga a tender su mirada hacia adentro, para percibir allí la transformación que Dios había preparado desde hacía mucho tiempo.

Una transformación repentina tiene siempre un largo tiempo de preparación. Sin que se lo advierta, algo se transforma en el inconsciente, hasta que de pronto sale a la luz. Pero también en este caso la transformación necesita tiempo para calar en todo lo que hay en el ser humano. Cristo le dice a Ananías que vaya a ver a Pablo, que le imponga las manos, lo cure y lo llene del Espíritu Santo. Pero la transformación no concluye allí. Pablo se toma tres años para elaborar psicológica y teológicamente su experiencia de damasco. Se va a Arabia y medita en el desierto sobre lo que le ha acontecido. Reconoce que Dios mismo ha obrado en él, que Dios lo ha guiado y finalmente le ha revelado a su Hijo Jesucristo.
A. G.