De Saulo a Pablo

La transformación de Saulo en Pablo, el apóstol de los gentiles, no pasó por alto las predisposiciones naturales y los rasgos de carácter de Saulo. San Pablo continuó siendo una persona de ardiente celo pero, desde esa hora en adelante, de celo por la libertad de Cristo. Su estructura psíquica algo obsesiva también le dio que hacer más tarde. Pero lo decisivo fue que san Pablo puso todas sus cualidades al servicio del evangelio. Continuó siendo una persona susceptible; conservó ciertos rasgos neuróticos. Pero estos quedaron transformados de raíz, se hicieron permeables al mensaje de la cruz de Jesucristo, de quien únicamente viene nuestra salvación.

Así pues no podemos esperar ninguna transformación que nos libere de todas las debilidades y defectos, de nuestras susceptibilidades y heridas. Seguiremos conservando nuestra estructura neurótica, pero ella ya no nos será más un obstáculo en la vida. Más bien la gracia habrá de manifestarse justamente en nuestras pasiones y heridas. La meta de nuestro camino espiritual no es estar libres de pasiones, sino la transformación de nuestras pasiones, de tal modo que ellas sirvan a la vida y proclamen apasionadamente a Dios.

Así pues nuestra furia ya no será más una pasión ciega, sino una fuerza con la cual podemos diferenciarnos de otros y con la cual llevaremos enérgicamente a cabo la obra de Dios. Nuestra susceptibilidad no desaparecerá sencillamente, pero ya no será un impedimento a la hora de acercarnos a los demás. Se transformará más bien en sensibilidad ante los demás, en compasión y empatía. Y nuestro celo se transformará en constancia y disciplina en el camino espiritual y en capacidad de soportar las desilusiones y adversidades.
A. G.