La zarza ardiendo

 

La zarza es para los israelitas algo sin valor, inútil, una planta seca a la orilla del desierto. Para nosotros puede ser una imagen de las cosas secas y duras que hay en nosotros, de las áridas y vacías, de las que pasamos por alto y despreciamos, de nuestros fracasos y heridas. Cuando Moisés e arder precisamente esa zarza sin valor, y contempla en ella la gloria de Dios, Dios le quiere decir algo esencial sobre el misterio de hacerse hombre no sólo a él sino también a nosotros. Dejándose llevar por la ira, Moisés había matado un egipcio y escondido el cadáver en la arena. Había sido víctima de su propia pasión y tuvo que huir de Egipto porque el faraón quiso entonces matarlo. Hubo de vivir en tierra extranjera y darse cuenta de que no podía hacer nada contra el poderoso Egipto. Su celo por su pueblo lo llevó al destierro. Así su vida en el extranjero se secó; lejos de sus hermanos de tribu fracasó con su visión de un Israel libre. Moisés vuelve a reconocerse en la zarza. Porque también él, en la orilla del desierto, se había convertido en algo sin valor, despreciado, seco inútil, bueno para nada. En lugar de estar en Egipto en la corte del Faraón, tenía que apacentar en el desierto el ganado de su suegro. Él, que había querido liberar por sus propias manos a su pueblo del poder de los egipcios, revestía ahora tan poco valor y era tan inútil como esa zarza. Su mujer le da un único hijo, al que llama Gerschom “forastero en tierra extraña”. Su hijo es para él reflejo de su propio desierto, de su propia condición de forastero.
La zarza es símbolo de la experiencia que muchos hacen en la mitad de la vida. Tienen la impresión de que su vida ha fracasado, de que están sentados sobre los escombros de su vida, de que nada tiene sentido, de que todo es vacío, seco. Perciben que han pasado muchas cosas por alto, que no han vivido muchas cosas que deberían haber vivido.
A. G.