Dios está en la zarza

 

Precisamente en esa zarza Dios se aparece a Moisés con su gloria. Dios es como una llama que brota de la zarza sin consumirla. Dios transforma justamente lo yermo y vacío, los fracasos, lo agotado, lo pasado por alto, lo despreciado, las heridas y llagas en nosotros, convirtiéndolo todo en lugares de su presencia. En lugar de lamentarnos sobre la crisis de la mitad de nuestra vida, con los ojos de Moisés deberíamos descubrir a Dios mismo en dicha crisis. No hay nada en mi vida que no tenga sentido, que no pueda ser transformado por Dios en belleza y gloria. La imagen de la zarza ardiendo me regala ojos nuevos, ojos de fe que descubren la luz de Dios precisamente en las cosas vacías y áridas que hay en mí. Si me contemplo con estos ojos de la fe, percibiré mi vida de otra manera. Todo tiene su sentido. Todo fue bueno, incluso el fracaso, incluso las crisis, incluso las represiones. Porque todo puede ser transformado por Dios, incluso los bloqueos, incluso lo enfermo. Dios quiere resplandecer justamente en mis heridas. Precisamente así como yo soy, fracasado, inútil, vacío, árido, justamente así Dios puede tomarme a su servicio, tal como hiciera con Moisés, justamente así puede constituirme en testigo de su luz y de su amor.

Sin embargo, y como Moisés, primero tengo que descalzarme. Necesito la mirada del respeto, la mirada que cree que estoy pisando tierra santa. Los ojos de la curiosidad no descubrirán a Dios en mis fracasos. Porque en este punto mis plantas deben tocar la tierra; necesito humildad para ver resplandecer la luz de Dios en medio del lodo de mi vida. Hace falta una espiritualidad desde abajo, capaz de descubrir la gloria de Dios en el fracaso, en el pecado, en el desvalimiento propio, de tal modo que en nuestra propia miseria resplandezca la misericordia de Dios.
A. G.