Resurrección

 

Repasemos el relato de la resurrección tal como nos lo transmite san Lucas (24, 1-2). Muy de mañana las mujeres van al sepulcro llevando perfumes. Querían ungir al querido difunto. Querían prepararlo bellamente para siempre, mantener un buen recuerdo de Él para siempre. Sin embargo Jesús no se deja embalsamar, no se deja retener. Él ha resucitado. Y el primer signo de su resurrección es la piedra quitada de la tumba. La piedra que custodia la tumba es una imagen de las muchas piedras que pesan sobre nosotros. Una piedra pesa sobre nosotros precisamente donde hay algo en nosotros que quiere vivir y florecer; y esa piedra nos es un obstáculo para vivir. Impide que se hagan realidad nuestros vislumbres de vida que tenemos una y otra vez. Nos bloquea, nos impide levantarnos, salir de nosotros, ir hacia los demás.

Una piedra así puede ser la preocupación por nuestro futuro o también por el futuro de esta tierra. Puede ser el miedo que pesa sobre nosotros, el miedo de fracasar, de decir lo que sentimos porque podríamos pasar vergüenza o perder la estima y el aval de los demás. La piedra puede ser la inseguridad e inhibición que no nos dejan obrar con libertad. Pero también otras personas pueden pesar sobre nosotros como piedras. Pueden hallarse en nuestro camino como piedras de tropiezo; pueden también obstruirnos la puerta hacia la vida. Cuando hay una piedra sobre nuestra tumba, nos pudrimos y descomponemos dentro de ella. Mientras encerremos en la tumba nuestras necesidades y sentimientos más profundos, estaremos excluidos de la vida. Y lo que se pudre en nuestra tumba, repercutirá más y más en nuestra vida consciente, la cual expandirá un mal olor que alcanzará incluso a nuestro cuerpo.
A. G.