Mensajeros luminosos

 

Para poder experimentar en nosotros mismos la transformación de la resurrección, el primer paso consiste en ingresar al sepulcro. Como aquellas mujeres del evangelio, así también nosotros hemos de descender a la tumba de nuestro miedo y de nuestra tristeza; a la tumba de nuestros deseos y necesidades reprimidos, de nuestra oscuridad, resignación y autocompasión; a la tumba de nuestro miedo y de nuestra tristeza; a la tumba de nuestros deseos y necesidades reprimidos, de nuestra oscuridad, resignación y autocompasión; a la tumba de nuestra sombra, en la cual hemos enterrado todo lo que hemos cortado de la vida. Podemos descender a nuestra tumba sólo porque ella ya ha sido abierta por Dios en la resurrección de Jesús. Así pues ya no es más el lugar del espanto y del miedo. En nuestra tumba, nos dice Lucas, encontramos con las mujeres a aquellos dos hombres con vestidos resplandecientes. Nos anuncian que el Señor ha resucitado, que Él ha transformado nuestra tumba. Si descendemos a lo profundo de nuestra tumba descubriremos en su fondo esos dos mensajeros luminosos que nos señalan la vida divina que se ha elevado del sepulcro.

Tumba significa todo lo que hemos excluido de la vida, lo que hemos reprimido, porque nos era demasiado desagradable o no armonizaba con la imagen que teníamos de nosotros mismos. En nuestra tumba yacen nuestras agresiones, nuestros sentimientos y deseos reprimidos. Si descendemos con las mujeres en la tumba de nuestra tristeza y miedo, de nuestros impulsos vitales reprimidos, y si hablamos con nuestra tristeza, con nuestro miedo, con nuestros sentimientos e impulsos reprimidos, entonces ellos se convertirán en mensajeros luminosos que nos señalarán el camino hacia la verdadera vida, que nos indicarán el tesoro enterrado en nosotros.
A. G.