Evangelio y redención

 

El segundo peligro es la fijación en la muerte de Jesús. San Pablo consideró, con razón, que el mensaje de la cruz es centro y norma de toda proclamación cristiana. El discurso de la cruz de Cristo es para él la “potencia crítica” del evangelio. Para san Pablo, Cristo crucificado es la “última y decisiva palabra por la cual Dios se revela”. La cruz se convierte para él en “extrema y densísima expresión de la presencia de Dios en Cristo”. Pero esto no debe llevar a pasar por alto la vida de Jesús. Los evangelios constituyen el trasfondo necesario sobre el cual debemos ver la proclamación paulina de Cristo crucificado como autorrevelación de Dios. Para los evangelios, la redención acontece en todo lo que Jesús hace, en sus palabras, en sus curaciones milagrosas, en su encuentro con las personas. La muerte en la cruz sólo resume lo que Jesús quiso decir en su proclamación: “El Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva.

Las cuatro imágenes distintas de redención en los cuatro evangelios nos presentan diferentes enfoques de la relación entre el obrar terrenal de Jesús y su muerte en la cruz. Para Mateo, la muerte en la cruz es la expresión suprema del amor perdonador de Dios. Para Marcos, la cruz es la cumbre de la obra liberadora de Jesús. Jesús, que libera a los poseídos del poder del demonio, consuma su victoria sobre las tinieblas demoníacas con el fuerte grito de agonía que es a la vez un grito de victoria. Para Lucas, la muerte de Jesús en la cruz es la prueba de la rectitud del nuevo camino que Jesús proclama, y en el cual Él nos precede, en calidad de caudillo de la vida, pasando por la muerte para llegar a la resurrección. Para Juan, la deificación se consuma mediante la encarnación de Cristo en la muerte. Vale decir entonces que los evangelios jamás contemplan la muerte de Jesús aisladamente, sino siempre en el contexto de su vida y obra.
A. G.