Aquí solo ayuda la oración

Narrando cosas de su vida, un monje ya mayor recordaba cuántas dificultades había hallado en su camino, cómo a veces los superiores le habían planteado grandísimas exigencias en cuanto a la obediencia y cómo otros monjes lo habían tratado injustamente. A la pregunta de cómo se las había arreglado y sobre todo cómo había hecho para conservar su buen humor, respondió: “Aquí sólo ayuda la oración”. “¿Y qué rezaba Ud.?”. “Los misterios dolorosos: Jesús suda sangre por nosotros en el Huerto de Getsemaní; Jesús muere por nosotros en la cruz. Eso basta”. La meditación continua, durante años, de la escena del Getsemaní y la del Gólgota lo hizo capaz de superar situaciones difíciles, de no quebrarse por ellas, sino permanecer interiormente tranquilo y sereno. A menudo no nos ayuda hacer análisis en la oración. No nos queda entonces otro remedio que ver reflejada nuestra propia situación en el camino de Jesús y sacar fuerzas de la meditación del Vía Crucis o de los misterios dolorosos para sufrirla y soportarla. Si en la oración aceptamos y asumimos una y otra vez una situación irremediable “meditando sobre ella a la luz del Vía Crucis o del rosario”, aunque quizás no cambie en su faz exterior, si se transformará en su raíz, precisamente porque en ella encontramos a Cristo.

Quizás tengamos que lidiar a lo largo de años con un problema que no podemos solucionar. Ciertas relaciones personales son tan embrolladas que no se les encuentra salida. Y a menudo ni con la mejor buena voluntad se puede cambiar una situación laboral insostenible. Quizás debamos rezar el Vía Crucis durante años para poder asumir tales realidades. O bien meditar una y otra vez la misma cita bíblica y repetir la misma jaculatoria para arraigarnos lentamente en la actitud de Jesús, quien tampoco solucionó nuestra vida y sus problemas, sino que la padeció y precisamente de ese modo la redimió.
A. G.