El otro como puente

 

La oración por el otro conduce no sólo a un nuevo encuentro con la persona por la cual oramos, sino que también hace más hondo el encuentro con Dios. Justamente cuando rezo por alguien que amo, la oración puede transportarme a una mayor cercanía a Dios. El otro se convierte así en una imagen a través de la cual puedo contemplar a Dios. Y Dios cobra, a través del otro, un rostro humano. Los sentimientos que albergo por la persona amada sostienen así mi amor a Dios. A veces sufro porque mi oración es árida. Quiero amar a Dios pero no siento amor. En este caso, la oración por el otro me puede ayudar a infundirle al amor a Dios toda la gama de sentimientos que brotan espontáneamente en la relación con una amada.

Entonces experimentaré que Dios realmente está cerca; lo experimentaré realmente como Aquel que me abraza con ternura, que me contempla benévola y bondadosamente; como Aquel junto al cual me quedo con gusto porque realmente Él solo basta. Por eso en la oración no debo olvidar a la persona amada, porque a través de ella puedo contemplar a Dios, quien cobra entonces un rostro humano, un corazón amoroso y tierno. Puedo sentir a fondo mis sentimientos por el otro y orientarlos hacia Dios. Así pues encontraré, realmente y con todo mi corazón, a Dios como aquel que me ama y al cual también yo procuro amar.
A. G.