Escuchar con atención la voz interior

 

Marta y María son dos facetas nuestras. María sin Marta sería un devoto girar en torno de sí mismo; sería narcisismo espiritual. Marta sin María se convertiría rápidamente en activismo, en un demostrarse a sí mismo todo lo que se es capaz de hacer a la hora de trabajar por el prójimo. Pero a menudo ese trabajo o amor no tiene en cuenta las reales necesidades del otro. Quizás en nosotros este más desarrollada la Marta. Ella parece tener los mejores argumentos. En efecto, en nosotros es más fuerte el hacer algo que se pueda presentar a los demás, algo de lo cual se obtengan resultados. Cuando nos animamos a hacer silencio y sentarnos a los pies del Señor como María, para escuchar lo que Él quiere decirnos, en nuestro interior resuena enseguida la voz de Marta: “Haz de una vez por todas algo sensato. ¡Hay tanto que hacer! ¿Cómo puedes quedarte ahí sentado y derrochar tu tiempo en oraciones y meditaciones?”

 

Entonces Jesús debe tomar partido por María también en nosotros. Porque María deja hablar a Jesús; cree que Jesús tiene algo nuevo e importante que decirle. Conozco muchos buenos cristianos que no sólo trabajan mucho sino que también con su religiosidad quieren continuamente demostrarse algo a sí mismos y a los demás. Y así rezan muchas oraciones y cumplen su cuota de trabajo en el campo religioso, pero no le dan a Jesús ninguna oportunidad de hablar. Ellos ya saben todo lo que Jesús quiere. Lo único que les importa es rezar la mayor cantidad posible de oraciones y hacer el mayor número de obras de caridad para luego recostarse orgullosos en sus asientos. En los ejercicios nos sentamos como María a los pies de Jesús y escuchamos lo que Él quiere decirnos. Quizás sólo escuchemos el silencio. Quizás encontremos sólo nuestra propia intranquilidad o vacío. Pero justamente al confrontarnos con nuestro vacío, quizás de pronto vuelva a escucharse la voz de Dios en nosotros.

 

Los invito a reservarse tiempos de silencio en los cuales escuchen con atención su propio interior, para ver si Dios les quiere decir algo. Y si no escuchan nada, sigan perseverando en la escucha. Él espera a que se haga silencio en nuestro corazón, a fin de que su palabra pueda ser escuchada.

A. G.