Camino a Emaús

 

Dos discípulos se dirigen a Emaús, tristes, decepcionados, defraudados en sus esperanzas. Sin ser reconocido, el Resucitado se acerca y sigue con ellos. Los acompaña explicándoles las Escrituras y ellos paulatinamente van comprendiendo hasta que, cuando el desconocido les parte el pan, sus ojos se abren y lo reconocen: ¡Es el Señor! San Lucas nos envía a recorrer nuestra senda con esta historia de camino. No vamos solos en nuestro sendero: Cristo mismo va con nosotros. Podemos entender nuestro sendero porque Él camina con nosotros. La historia de Emaús se convirtió para muchos en símbolo de sus vidas. En muchas regiones era común hacer una “marcha de Emaús” el lunes de Pascua. Una costumbre así solo se origina cuando la gente se ve reflejada en una historia y se espera de esa marcha iluminación y curación para la vida.

 

La marcha de Emaús era una ejercitación en la buena nueva de que el Resucitado camina con nosotros, en medio de nuestra vida diaria, en todas nuestras sendas. Una marcha de Emaús de tales características nos ayuda a entender esa historia de camino del evangelio de San Lucas. Y lo hace con una eficacia mayor que la que podría tener una muy buena explicación exegética. Porque nos lleva a experimentar físicamente que ahora, cuando voy de camino, vacío y exhausto, por senderos conocidos y desconocidos, en medio del bullicio y en medio del silencio, entre la multitud y en soledad, decepcionado y defraudado en mis esperanzas, sin comprender la confusión de mi vida, ahí Cristo va conmigo. Va junto a mi revelándome mi propio camino, descubriéndome el sentido de mi historia, explicándome por qué tuve que recorrer esa senda hasta hoy: “para entrar en su gloria” (Lc 24, 26). Y al detenerme, también a mí se me abrirán los ojos y reconoceré: ¡Sí, es el Señor!

A. G.