En camino a casa

 

Cuando se pregunta por qué en todas las religiones se toma el camino como imagen de la vida humana, se halla que las experiencias que los hombres han hecho y continúan haciendo en el camino calan tan profundamente que constituyen una cabal representación de la existencia humana. Al caminar no sólo nos movemos y entrenamos físicamente, sino que se activan los estratos más profundos de la conciencia humana. El hombre se experimenta a sí mismo como alguien que por sobre todas las cosas está en camino. No tiene una morada definitiva en la tierra. La muerte cuestiona todo hogar terrenal. La muerte le señala al hombre que en este mundo es, en el fondo, un forastero que busca una patria eterna en la cual establecerse definitivamente. Y el hombre siente que debe avanzar en su sendero, que no puede detenerse sin entrar en desacuerdo consigo mismo. Porque si quiere ser fiel a sí mismo, entonces ha de andar. Si quiere ser un hombre cabal, ha de transformarse caminando, para así ser colmado y transformado plenamente por la vida en ese último cambio que es la muerte. Así habrá cumplido su destino, habrá llegado a casa.

 

Consigo mismo el hombre no se siente en casa; el hombre está en camino a casa. Y sólo llegará allí si sale de sí y emprende el camino hacia Dios; ese Dios que lo atrae y lo envía a caminar hasta que ya no se detenga en lo transitorio sino que llegue a Dios mismo y encuentre en él, para siempre su hogar definitivo. Caminando se ejercita en el destino de su existencia. Y una teología del caminar le permite experimentar, de modo más consciente, lo que está haciendo al recorrer su senda; le permite experimentar que en definitiva siempre está en camino, en camino a casa.

A. G.