Participar del misterio de la transformación

 

Todo camino es un camino de transformación, un camino de misterio. Los ritos de los diferentes pueblos, por los cuales los hombres se iniciaban en el misterio de Dios, eran originalmente caminos. Los hombres primitivos se atrevían a recorrer sendas peligrosas para llegar a cavernas que les servían de lugares de culto, y que a menudo se hallaban en lo profundo de las montañas. Erich Neumann, quien describe el origen de los ritos a la luz de la psicología, habla del arquetipo del camino del misterio, “en cuyo final se encuentra un fenómeno de transformación”. “Ese lugar de transformación sólo se alcanza por un camino de iniciación que discurre por un laberinto cuajado de peligros mortales, en el cual no es posible una orientación de la conciencia” (Erich Neumann). Los laberintos que se hallan en las catedrales medievales nos siguen hablando de esa experiencia del rito como un camino hacia lo interior de la caverna, en la cual se esperaba iluminación y transformación. Se recorre el laberinto, sus distintas sinuosidades y vueltas, para transformarse interiormente.

 

Así pues andar el camino significa participar del misterio de la transformación. Para nosotros, los cristianos, el rito es la participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús es para nosotros el camino que nos lleva, pasando por la muerte, a la resurrección, hacia la verdadera iluminación, hacia la participación en la vida eterna. Todo aquel que lo recorre conscientemente cumple en definitiva un rito; entra en la transformación mediante la muerte y la resurrección de Jesús. Para Neumann, el caminante y el camino se hacen una sola cosa al caminar. El andar conduce hacia la individuación, hacia la autorrealización, hacia el logro de la unidad con uno mismo y con Dios: “Toda la vida se manifiesta como un ritual. Rito significa caminar, y en el centro del proceso de individuación se halla la experiencia de que los ritos y quien ejecuta los ritos, el caminante y el camino, son una sola y misma cosa, o bien, para formularlo a modo de paradoja, que el caminante es el camino que se recorre a sí mismo. (Erich Neumann).

A. G.