Para que el corazón vuelva a cobrar aliento

 

C. G. Jung opina que en nosotros tenemos siempre ambos polos: miedo y confianza, amor y agresión, tristeza y alegría, fuerza y debilidad. A menudo estamos fijos en uno de ellos, por ejemplo, el miedo. El miedo se expresa entonces continuamente en pensamientos como: “No puedo hacerlo; tengo miedo; ¡qué pensarán los demás de mí!; si hago tal cosa haré el ridículo”.

 

Puedo preguntarle a ese miedo lo que me está queriendo decir. O bien, al enfrentarlo, recitar el salmo 118: “Yahvéh está por mí, no tengo miedo ¿qué puede hacerme el hombre?”. Estos versos no aventarán sencillamente el miedo. Pero me pueden poner en contacto con la confianza que también está oculta en mí. Porque en mí no sólo hay miedo, sino que siempre hay también confianza. Vale decir que esas palabras de las Escrituras me ponen en contacto con lo que ya está en mí. Y de ese modo la confianza que hay en mí puede hacerse consciente y crecer. Eso relativiza mi miedo. Así pues, el método antitético me hace recuperar el equilibrio, procura evitar que los pensamientos negativos se afiancen en mí me determinen.

 

Otro método para manejar mis pensamientos es conversar sobre ellos con otra persona. Hoy los consultorios de los psicólogos están atestados porque no nos animamos a hablar sinceramente sobre nosotros con nuestros amigos, particularmente sobre nuestros sentimientos negativos y nuestras pasiones, sobre nuestras debilidades y nuestras culpas. De ese modo muchos se quedan a solas con sus pensamientos. Y entonces los reprimen. Pero al ser reprimidos, éstos comienzan a bullir hasta que en algún momento salta la tapa. El hecho de verbalizar nuestros pensamientos les quita –así lo dicen los monjes- lo peligroso y destructivo que puedan tener.

A. G.