Símbolo del encuentro con Dios

 

Para nosotros, cristianos, todo lugar de peregrinación es también un símbolo de la Jerusalén celestial, del definitivo llegar a Dios. Cuando se arriba a un lugar santo al cabo de muchos días de peregrinación, cuando se es recibido allí por la santa imagen y con canciones típicas del lugar, se tiene entonces un vislumbre de lo que significa llegar para siempre, estar para siempre en casa, descansar, estar junto a Dios en el lugar santo, se acogido por la multitud de aquellos que han alcanzado su meta en Dios. Necesitamos la experiencia de llegar, de haber llegado, para así reemprender una y otra vez el camino. La llegada mantiene vivos nuestros anhelos de un verdadero hogar y nos envía una y otra vez al camino.

 

Este anhelo que yace en lo más profundo del corazón humano es seguramente la razón de por qué hoy muchos jóvenes vuelven a participar de las peregrinaciones. La peregrinación a Santiago de Compostela parece ejercer una fascinación especial. Se multiplican los libros sobre los caminos hacia Santiago. Y las rutas que llevan hacia allí se pueblan de numerosos jóvenes. Ellos vislumbran algo del misterio de nuestra vida, del misterio de estar siempre en camino hacia una meta, en camino a una casa en la cual experimentar un hogar. Los jóvenes quieren participar de las experiencias de tantos peregrinos anteriores que, en la Edad Media y a lo largo de siglos, recorrieron esas rutas y en Santiago de Compostela percibieron algo de la Jerusalén celestial. Por entonces los peregrinos caminaban durante nueve meses; cuatro de ida y cuatro de vuelta más uno de permanencia en la meta. Nueve meses se necesitan para el nuevo nacimiento que esperaban de esa peregrinación. Para ellos era un camino de purificación, un camino por el cual podía crecer en ellos algo nuevo y luego del cual retornaban al hogar como personas transformadas, como personas que habían nacido de nuevo.

A. G.