Caminamos hacia Dios

 

 

Se puede contemplar el andar desde el punto de vista de que se está caminando hacia Dios. Quien así lo hace experimenta que todo lo que realiza aquí en la tierra se torna muy relativo. Precisamente porque camina hacia Dios pasando por encima de este mundo. El suelo desaparece una y otra vez debajo de sus pies; no le ofrece un sostén estable. Proseguimos andando sin cesar y todo queda atrás. Tocamos la tierra con cada paso que damos, pero a la vez la abandonamos continuamente. Sentimos que no podemos llevarnos nada al Cielo. Así pues nos adentramos en una libertad frente al mundo; una libertad que nos infunde la sensación de que todo lo que trabajamos y logramos aquí, todo aquello por lo cual nos preocupamos aquí, por lo cual nos sentimos responsables, todo eso pasa, todo eso no puede ser nuestra esencia. Estamos en camino hacia una meta más grande, hacia Dios, ante el cual recién entonces se les da su real importancia a todas nuestras preocupaciones y empeños por las cosas de este mundo. Al andar se nos descubre la verdadera meta de nuestra vida. Estamos en camino hacia Dios.

 

Esta propiedad que tiene el caminar de manifestarnos el sentido y meta de nuestra vida proviene ya de la lengua misma. En efecto, la palabra “sentido” significa entonces indagar algo, preguntar por el sentido, buscar la meta. Quien se hace al camino pregunta por el sentido de su vida. Al andar busca la razón y meta de su condición de viandante. La meta de nuestro caminar nunca es, por último, de este mundo, porque nosotros nos encaminamos hacia un cobijamiento definitivo, hacia un hogar en el cual podamos establecernos para siempre.

A. G.