Madres espirituales

 

En el monacato primitivo, el acompañamiento espiritual estaba ampliamente difundido. Más aún, era obligación que cada monje joven tuviera un padre espiritual a quien debía revelar sus pensamientos y sentimientos, a quien debía absoluta obediencia. Los monjes no hablan en este punto de acompañamiento sino de paternidad espiritual. El padre espiritual es más que un educador, más que un rabino o maestro de la ley judío. Porque su paternidad se funda en la paternidad divina. Padre es aquel que confiere ser y vida a otro. Dios es Padre en sentido absoluto. De Él ha recibido Cristo su paternidad para con nosotros. Y el padre espiritual debe imitar a Cristo, nuestro Padre: “Ya que ustedes son padres, imiten a Cristo Padre y aliméntennos con el pan de cebada de la enseñanza de cómo mejorar las costumbres.”

 

Evagrio llama a Cristo no sólo padre sino también madre: “Este mismo Cristo puede designarse, según el contexto, como padre o bien como madre: Como padre de aquellos que poseen el espíritu de la filiación, pero como madre de aquellos que aún necesitan de la leche y no de comida sólida. Así el Cristo que hablaba a través de san Pablo fue padre de los efesios, en cuanto les reveló los misterios de la sabiduría; pero fue madre de los corintios, en cuanto los alimentó con leche.”

 

De este modo, en el monacato no sólo hay padres espirituales sino también madres espirituales, las así llamadas “ammas”. Su maternidad imita a Cristo como madre nuestra. Y se las cree igualmente capaces de acompañar a los hombres en su camino hacia Dios, sobre todo, naturalmente, a las mujeres, cuya psiquis ellas comprenden mejor.

A. G.