Meta y camino

 

El acompañante espiritual ha de tener tres dones: el don de la cardiognosis, de la diacrisis y ser además diorático. Un patriarca tenía el don de la cardiognosis cuando había explorado el propio corazón y sus abismos, y de ese modo era también capaz de conocer y comprender cabalmente el corazón del otro. La diacrisis es el don gracias al cual el patriarca podía discernir en sí mismo y en los demás las mociones del alma; si ellas provenían de Dios, de demonios o bien del propio corazón. El padre espiritual es diorático cuando, sopesando las palabras y observando los gestos y actitudes de quien viene a pedirle consejo, es capaz de mirar el fondo del alma de éste; cuando advierte la real situación y necesidades del otro. Todos estos son dones que Dios más allá de todas las oscuridades del alma. La meta del monacato es llegar a ser uno con Dios. Las pasiones del alma impiden al monje abrirse por completo a Dios. Por eso primero ha de conocer las pasiones, ha de conocer su psiquis y sus mecanismos. Recién entonces podrá superar los obstáculos en el camino hacia Dios.

Los conocimientos psicológicos no constituyen para los monjes una finalidad en sí; más bien sirven para vencer en la lucha por la pureza de corazón, y así abrir cuerpo y alma a Dios, para que Dios more en ellos. Por último no le interesa el mero examen de los mecanismos psíquicos del alma sino comprender la acción de Dios en el alma. Sólo si conozco el alma humana y sus leyes internas podré reconocer en ella también la acción de Dios. Sin experiencia en el campo de la psicología correré siempre peligro de confundir mecanismos psíquicos con la acción del Espíritu Santo.

 

A. G.