Anhelo de Dios

 

Aprendamos de los monjes el anhelo de Dios. Este anhelo los aguijonea a encaminarse hacia el yermo, a luchar con consecuencia contra las pasiones, a ser fieles a la ascética. Los monjes anhelan experimentar a Dios, ser uno con Él, vivir en Dios la consumación de todos los anhelos. Dios es para ellos la realidad por excelencia. Por amor a Dios abandonan el mundo, por amor a Dios emprenden la lucha. Evidentemente han gustado a Dios y por eso no descansan hasta haberlo encontrado. Un patriarca compara al monje con un perro que tiene en su boca el gusto de la liebre y por eso no descansa hasta cazarla: “Un monje debe observar los perros cuando cazan una liebre. Cómo sólo aquel que la ha avistado, la persigue; y los demás, al ver correr a ese perro, corren también detrás de él, pero cuando se cansan regresan. Sólo el primero que había visto realmente la liebre, la persigue hasta atraparla; no se arredra por el hecho de que los demás perros desistan de su carrera, ni vacila ante precipicios, bosques o matorrales, espinas ni heridas punzantes, hasta atrapar la liebre. Así debe ser también el monje que busca a Cristo el Señor; ha de contemplar sin cesar la cruz y no reparar en todos los sinsabores que halle en su senda hasta alcanzar al Crucificado”. (Dichos de los Padres)

 

La meta de la lucha, de la cacería, del camino, es Dios. Si, como el perro lebrero, tenemos en nuestra boca el gusto de Dios, no nos dejaremos desalentar en nuestro camino espiritual ni por continuos conflictos dentro de la Iglesia ni por la depresión difusa que caracteriza nuestra sociedad, ni por la secularización de nuestra época en la que a menudo se percibe muy poco a Dios.

 

A. G.