Enfrentar mis heridas

 

Muchas heridas que arrastramos con nosotros nos fueron provocadas por otros hombres: padres, educadores, envidiosos y personas que están en desarmonía consigo mismas. En este punto los monjes nos aconsejan que nos reconciliemos con las heridas y descubramos en ellas el núcleo de nuestra enfermedad.

 

Las heridas recibidas de parte de otros me señalan mi propia enfermedad, me llaman la atención sobre cosas en mí que aún no he aceptado, facetas que he reprimido, necesidades que no he atendido, o bien ilusiones que me he hecho en relación con mi vida, tales como pensar que siempre me iría bien, que viviría siempre en un paraíso. El monje aconseja aquí que enfrente mis heridas, que a través de ellas contemple el fondo de mi alma, las necesidades que he reprimido, las lesiones recibidas en mi infancia que reaparecen en las llagas que padezco actualmente. Así pues el monje nos dice que debo reconocer a Cristo en mis heridas. Él toca mis puntos flacos para curar mi verdadera enfermedad. Las llagas son sólo síntoma de una enfermedad que subyace en un estrato más hondo. Y Cristo quiere descubrírmela y curarla. Esto exige aceptar mis heridas y preguntarme lo que Cristo me quiere decir con ellas; preguntarme sobre qué actitud fundamental me está llamando la atención, porque dicha actitud es enfermiza. A menudo se trata de una actitud de sobreestimación de mí mismo, por lo cual estoy cautivo en la ilusión de que no me ha de pasar nada malo, de que la vida no me ha de herir, de que debo ser siempre el mejor, el ganador.

 

No tengo que deshacerme de la enfermedad, sino descubrir a través de ella qué cosas en mí quieren vivir verdaderamente, cuál es mi llamamiento personal, mi manera de comprender y dar testimonio de Dios en este mundo.

 

A. G.