Lo bueno para el otro

 

 

Existen personas que no deben permitir el acercamiento de las pasiones porque de otro modo serían devorados por ellas. C. G. Jung opina que en ciertas personas no debería despertarse el inconsciente porque los anegaría. Pero en este punto no sólo hay que considerar los diferentes tipos de personalidad sino también la situación y la clase de pensamientos. En el caso de ciertos pensamientos es mejor no permitirlos en absoluto sino desecharlos enseguida. Pero en el caso de otros, eso sería una huida y no nos llevaría a ninguna parte. Sería mejor confrontarse con ellos. Evagrio aconseja incluso que nos familiaricemos con las diferentes pasiones para poder combatirlas mejor. Hay que reflexionar cuidadosamente sobre las pasiones para descubrir lo que quieren decirnos. Por ejemplo, la ira nos señala a menudo que hemos dado a otros demasiado  poder sobre nosotros. Entonces deberíamos aprovechar la fuerza que subyace en la pasión de la ira para liberarnos del poder del otro. O bien, si damos cabida a nuestra tristeza y la examinamos, descubriremos su causa más profunda. Quizás esta radique en deseos exagerados que tenemos en relación con la vida; quizás en una profunda herida recibida en la infancia; una pérdida o una llaga que aún no se ha curado.

El arte del padre espiritual estriba en reconocer cuál camino es el correcto para cada persona, si esta tiene que apartar esos pensamientos o bien ocuparse de ellos y llegar al fondo de los mismos. De ahí que deba cultivar la empatía en el trato con el otro, escuchar el Espíritu de Dios que le revela lo que el otro necesita. La diacrisis no es una capacidad que el padre espiritual puede adquirir, sino un don del Espíritu Santo que ha de implorar sin cesar. El padre espiritual necesita la experiencia propia en el trato con pensamientos y sentimientos, pero también la escucha del Espíritu para reconocer en cada caso lo que es bueno para el otro.

 

A. G.