Los tibios

Las personas tibias andan por ahí sin meterse en problemas. Murmuran verdades (o acaso mentiras) en voz baja para que la sociedad no los escuche. Jamás se arriesgan a escribir lo que piensan, no sea cosa que les acarree complicaciones. Van del trabajo a su casa y de su casa al trabajo haciendo ruido, porque ese ruido es lícito. Siempre saben qué habrá para cenar y dónde está el suéter azul o el jabón para reponer en el baño.
Los tibios tienen hijos que van a la escuela y hacen o no hacen sus tareas (pero jamás promueven, sufren u originan escándalos, porque su lema es pasar desapercibidos).
Las veredas de sus casas están barridas desde temprano; el césped, cortado. No hay telarañas en sus paredes ni grasa en sus cocinas, ni los vidrios de sus ventanas están sucios. Planchan toda la ropa y, por supuesto, la guardan perfumada.
No se divorcian porque juraron “estar juntos hasta que la muerte los separe”; pero muchas veces –sin que nadie se dé cuenta- duermen en camas separadas o cierran los ojos con la certeza de que no rozarán la piel de quien pase a su lado cada noche.
Jamás intervendrán en un conflicto callejero porque “no hay que meterse”, ni siquiera cuando un hombre le pega a una mujer.
Cobran sus sueldos y pagan religiosamente sus cuentas como perfectos ciudadanos; pero no efectúan denuncias ni participan en política.
Creen al pie de la letra absolutamente todos los conceptos que el sistema educativo les ha impartido mediante correctos e incuestionables profesores.
Los tibios no se apasionan, porque arriesgarse, jugarse, estremecerse, descontrolarse, angustiarse, debatir son palabras que no figuran ni en el diccionario de sus celulares.
Cuando sus hijas cumplen los quince, les hacen magníficas e inolvidables fiestas o les pagan increíbles viajes; Dios proveerá el dinero que les cueste el psicólogo o el tratamiento contra la bulimia o la anorexia.
De ningún modo son malos: No tendrían el coraje para serlo. Y en muchas ocasiones han tratado de preservarme de cualquier exposición pública. Sus consejos son pulcros y bien intencionados.
Varias veces he intentado ser tibia, pero me sale de a ratos. Tendría menos problemas si fuera como ellos.
Cristina Sarubbi