Los mensajes del miedo

 

El diálogo con los pensamientos es conveniente sobre todo en el caso del miedo. Porque también el miedo tiene un sentido y quiere decirme algo. Sin miedo yo tampoco tendría límite alguno, me sobreexigiría continuamente. Pero a menudo el miedo me bloquea. Si entonces hablo con el miedo, este puede advertirme sobre una actitud falsa ante la vida. Con frecuencia el miedo proviene de un ideal de perfección: temo hacer el ridículo, cometer una falta; no me animo a hablar en el grupo por miedo de tartamudear o ser desaprobado por los demás; temo leer en público porque podría trabarme. En estos casos el miedo proviene siempre de expectativas exageradas.

Finalmente es el orgullo el que puede generar miedo. Así pues el diálogo con mi miedo podría conducirme a la humildad, a reconciliarme con mis limitaciones, mis debilidades y defectos: “Puedo permitirme hacer el ridículo. No tengo por qué saber hacer todo”.

Existen también miedos que no provienen de una falsa actitud ante la vida sino que están ligados necesariamente a la condición humana: miedo a la soledad, a las pérdidas, a la muerte. En todo hombre existe un poco de miedo a la muerte. En algunos aflora a menudo de modo amenazador. Sería entonces importante hablar con ese miedo: “Sí; de todas maneras moriré”. El miedo me puede ayudar a reconciliarme con la muerte, a aceptar que soy mortal. Si voy al fondo del miedo, si lo permito, sentiré en medio del miedo una paz profunda. El miedo se transforma en serenidad, en libertad y paz.

 

A. G.