Pensar hasta el final

Si nos prohibimos el odio o la ira, éstos aflorarán una y otra vez. Poimén dice que no somos responsables de los pensamientos que afloran en nosotros, sino sólo de la manera como los administramos por lo tanto hemos de preguntarle a nuestro odio y nuestra ira qué es lo que se está expresando en ellos. A menudo la ira es necesaria para liberarnos del poder de otra persona. Si estamos continuamente furiosos, le damos al otro poder sobre nosotros y de ese modo nos perjudicamos a nosotros mismos. Pero si aprovechamos la ira para liberarnos interiormente de él, para no darle más tanto poder sobre nosotros, la ira tendrá una función positiva y así también pasará.

Algo similar ocurre con el odio. El odio en cuanto impulso no es malo, nos quiere obligar a liberarnos de otro y despejarnos un lugar en el cual podamos vivir. El odio en cuanto sentimiento permanente nos destruye. No nos liberamos del odio reprimiéndolo sino tomando de él el impulso positivo.

Una manera de comenzar un diálogo con los pensamientos es seguir pensando sobre ellos, pensarlos hasta el final. Ese pensar hasta el final es conveniente sobre todo cuando deseamos algo vivamente, por ejemplo, en el caso de sentimientos de celos, decepción en relación con nuestros padres, anhelos de tener un buen padre o una madre comprensiva, deseo de ternura, cercanía, de personas que me entiendan, de una comunidad ideal.

No obstante no puedo pensar hasta el final mi anhelo de un padre amoroso sin antes haber experimentado a fondo también mi ira y decepción en relación con mi padres reales. Sólo puedo pensar hasta el final los sentimientos y deseos cuando realmente los percibo y siento en profundidad.

A. G.