El camino del permitir

 

Otro modo de dialogar con los pensamientos es permitirse tales pensamientos y sentimientos. Esto vale para el caso de la ira y el enojo. Si no me prohíbo la cólera, sino que me la permito, entonces pasará y al final de la ira quizás haya comprensión para con aquel frente al cual experimento esa ira. Al final de mi ira quizás pueda perdonar y así liberarme del poder del otro. El permitir vale también para el caso del manejo de las necesidades. Sólo si las admito y me las permito, seré también capaz de renunciar a ellas. De lo contrario habrán de determinarme durante toda la vida. El permitir vale sobre todo para mis miedos. A veces podré seguramente derrotar el miedo recordando palabras de confianza de las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, si cuando me asalta el miedo recito: “El Señor está conmigo, nada temeré, ¿qué me podrán hacer los hombres? Entonces en medio de mi temor estableceré contacto con la confianza que está debajo de ese miedo mío, oculta en el fondo de mi alma. Pero tampoco este método antitético  me servirá cuando estoy aferrado a aquello de cual tengo miedo, ya que en esos momentos lo uso con el único fin de deshacerme de mi miedo. En efecto, como no me está permitido tener miedo, cifro todas las fuerzas en deshacerme de él. Sin embargo, éste es un camino equivocado que me encadena a mi miedo. En tales casos es mejor permitirse eso de lo cual tengo miedo.

 

Una monja que súbitamente, al cabo de treinta años de convento, no podía leer más en público porque tenía miedo de trabarse y de que las otras monjas la tuvieran por loca, vino a mí para deshacerse de su miedo. Le aconsejé que se imaginase que va hacia el atril, comienza a leer y luego de una frase se traba. Si se permite trabarse, se perderá el miedo. No se trata de un truco barato, sino que detrás de ello está la cuestión fundamental de cómo entiendo mi vida.

 

A. G.