Grados de silencio

 

Los monjes alaban siempre el silencio. El silencio es para ellos el camino para encontrarse a sí mismos, para descubrir la verdad del propio corazón. Callar es también el camino para librarse del continuo enjuiciamiento y condena de los demás. Porque corremos permanentemente el peligro de evaluar, calificar y juzgar a toda persona que encontramos. Con frecuencia nos sorprendemos a nosotros mismos condenando y emitiendo juicios sobre los demás. En cambio el silencio nos impide emitir juicios. Nos confronta continuamente con nosotros mismos. Nos cierra el camino que lleva a proyectar sobre los demás nuestras facetas oscuras. Los antiguos conocían el peligro de que con nuestros pensamientos y discursos giremos incesantemente en torno de otros. Del patriarca Agatón se cuenta que durante tres años llevó una piedra en su boca, hasta que logró guardar el silencio necesario, hasta que tampoco con el corazón juzgó más al hermano.

 

A menudo es necesaria la práctica consciente del silencio, para que también el corazón pueda callar. A menudo hemos de prohibirnos expresamente hablar sobre el otro para poder contemplarlo sin prejuicios.

 

El segundo aspecto del silencio es el desasimiento. Al callar nos desasimos de lo que nos ocupa continuamente. Nos desasimos de todo lo que pretende determinarnos y a lo cual nos aferramos obsesivamente. Aferrándonos a nuestro éxito, se paraliza nuestra vida; aferrándonos a personas, se perturba la relación. Callar es el arte de desasirse para descubrir otro fondo en uno mismo: Dios. Sólo cuando haya encontrado mi fondo en Dios podré desasirme de mi profesión, de mi papel, de mis relaciones, de mis posesiones. Entonces no me definiré más en función de la benevolencia de otro, entonces toda mi identidad no dependerá más de mis éxitos o posesiones. El desasimiento es el camino para tomar contacto con mi fuente interior, para descubrir en mi alma la verdadera riqueza: Dios, quien me regala todo lo que necesito para vivir.

 

A. G.