Rastrear los discursos

 

 

No deja de ser importante discernir qué frases nos decimos a nosotros mismos. Porque unas nos paralizan, nos estancan en el mal humor, en la autocompasión y el enojo; en cambio otras nos infunden fuerza, ánimo, impulso interior, nos preparan para abordar cosas difíciles.

 

Conversando con los demás, muchos jóvenes reconocieron cuánto se dejan llevar por discursos negativos, y cuán importante sería reemplazarlos por discursos positivos. Porque todos los esfuerzos que hacemos con la voluntad para cambiarnos a nosotros mismos, de nada sirven cuando les damos mucho lugar en nosotros a los pensamientos negativos. Vayamos a la raíz de nuestros estados de ánimo. Y esa raíz son los discursos interiores. Todas nuestras actitudes interiores, nuestra envidia, nuestro enojo, nuestra autocompasión, nuestros miedos, nuestra ira, nuestra alegría, nuestra paciencia, nuestro contento, nuestro amor, todo se vierte en frases que nos repetimos una y otra vez. Nuestra mente está estructurada de tal manera que todo en nosotros se formula también a través del lenguaje. No solamente estamos enojados, sino que ese enojo se expresa siempre en ciertos enunciados. Por ellos tomamos conciencia de nuestra actitud interior.

 

Por eso es una tarea importante ocuparse de los enunciados que se formulan espontáneamente en nosotros, y que sin embargo tienen un enorme efecto sobre nuestra actitud, estado anímico, pensamiento, sentimiento y acciones. Y al hacerlo tengamos en cuenta las experiencias de los antiguos monjes. ¿Cómo trataban ellos sus pensamientos? ¿Qué consejos daban sobre cómo reaccionar ante el discurso negativo? ¿Qué métodos han desarrollado para desplegar en nosotros pensamientos que nos curen, que nos abran a Dios y nos guíen hacia nuestro verdadero ser?

 

A. G.