Una espiritualidad integral

 

No nos haríamos ningún favor a nosotros mismos ni tampoco a los demás si pasásemos por alto el lenguaje de Dios en los sueños. Porque de ese modo excluiríamos importantes áreas de nuestra vida de la transformación y sanación que obra Dios. Y a nuestra vida espiritual le faltaría vitalidad y autenticidad, fuerza y verdad, libertad y anchura, amor y bondad, irradiación y fascinación. Todos los caminos espirituales que excluyan las sombras conducen siempre hacia una tensión peligrosa. Porque entonces se desgarra fácilmente al ser humano colocándolo entre dos fuerzas: por una parte, su buena voluntad y su aspiración a amar y obedecer a Dios y, por otra, su sombra, expresada en su apego a la tierra, en sus necesidades y en sus instintos. Así surgen las neurosis religiosas o eclesiógenas. Y entonces la fe cristiana, a pesar de su mensaje de amor, podría llegar a tratar con crueldad a los hombres, sobre exigiéndolos y finalmente desgarrándolos.

 

Lamentablemente, la Iglesia en el pasado se ha hecho culpable de haber colocado a muchos en una tensión insoportable. Por eso hoy es necesario abrevar en la rica tradición espiritual de la iglesia y volver a desarrollar aquella espiritualidad integral que distingue a todas las grandes escuelas cristianas, tanto la del antiguo monacato o de la mística griega, como la espiritualidad ignaciana, o la mística de un Maestro Eckhart o de tantas grandes mujeres de quienes tan a menudo se sospechó que se habían apartado de la línea correcta. Una espiritualidad integral no puede permitirse excluir el cuerpo y descuidar los sueños. Recién cuando se contemple la totalidad del hombre, el hombre podrá alcanzar sanación en su totalidad.

 

A. G.