Soy el amado

 

La tradición monástica cultiva la práctica de la lectio divina, de la lectura divina. Los monjes no leen las Sagradas Escrituras para aumentar su conocimiento teológico sino que leen la Palabra de Dios para descubrir el corazón de Dios en la palabra de la Biblia y dejarse transformar por la palabra de Dios. Cuando una palabra los toca en su corazón, la meditan, la saborean y gustan. Siguiendo el ejemplo de la Sma. Virgen, conservan la palabra en su corazón, examinándola e interpretándola en el Espíritu Santo para que los marque plenamente. A esto los monjes lo llaman meditación. Meditación no significa cavilar sobre la palabra de Dios, sino dejar que cale en el corazón para que lo colme y transforme. La meditación de la palabra divina, así dicen los monjes, encenderá en nosotros el anhelo de Dios.

 

Los monjes responden a la meditación con la oratio, una oración breve y afectiva, pidiéndole a Dios que sacie el anhelo de su corazón. Así pues la palabra nos conduce al misterio sin palabras de Dios. A esto los monjes los llaman contemplación. Me remoto por encima de la palabra y descanso en el silencio con Dios y en Dios. La palabra me ha conducido hacia el silencio absoluto, en el cual me hago uno con Dios, más allá de toda palabra, pensamiento e imagen.

 

Quisiera proponerles entonces como ejercicio la lectio divina. Dejen que calen en sus corazones aquellas palabras de la escena de la transfiguración: “Tú eres mi elegido, mi hijo amado. Tú eres mi hija amada”. Procuren saborearla y gustarla con el corazón. Mediten lo siguiente: si es así, si ésa es la auténtica realidad de mi vida. ¿Cómo me sentiré?; ¿cómo experimentaré mis defectos y debilidades?, ¿cómo asumiré mi soledad, mi tristeza? Dejen que esas  palabras calen muy hondo en sus corazones, de modo tal que puedan creerlas con todas las fibras de su cuerpo y alma, y se conviertan en palabras originales que los marquen.

 

A. G.