Armonía conmigo mismo

Experimentarán que esa palabra original de Dios es más sanadora y liberadora que muchas palabras que ustedes han internalizado, tales como: “Eres una carga para mí. Me sacas de quicio. Si no fueses tan complicado…” y otras semejantes que desde la infancia han escuchado en referencia a ustedes mismos. Procuren vivir todo un día con esas palabras: “Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada”.

Contemplen todo lo que encuentren desde el punto de vista de esas palabras, contemplándolas así con nuevos ojos ¿Cómo les irá entonces? ¿Tiene la Palabra de Dios la fuerza suficiente para iluminar la niebla de su vida cotidiana y hacer resplandecer en su oscuridad la luz del Monte Tabor? Si dejan que la Palabra de Dios descienda sobre todos los valles de su alma, el valle de la tristeza, del miedo, de la auto desvalorización, de la autocompasión, entonces con esa palabra el amor de Dios podrá transformar su vida y regalarles, incluso en medio del valle de su vida diaria, la certeza de que ustedes son hijas e hijos amados de Dios, de que el amor de Dios es el auténtico fundamento de su vida. Y así quizás brote en su corazón una paz profunda, una armonía consigo mismo,. Una confianza abismal en que ustedes son queridos y amados, elegidos y escogidos de la multitud, únicos e irrepetibles.

Confíen en la palabra de Dios. Es alimento para el cuerpo y el alma. Porque el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de su vida cotidiana, aun cuando una nube vuelva a ocultar la montaña de la transfiguración, aun cuando no sientan ya nada de la transformación interior experimentada en la oración. Necesitamos ambas cosas: contemplar la gloria de Dios, la contemplación, en la cual experimentamos la cercanía de Dios, y la fe que proviene de escuchar, la disposición a escuchar la Palabra de Dios en épocas de aridez y obediencia, y en la meditación dejarse guiar continuamente por la palabra hacia el misterio sin palabras de Dios.
A. G.